17 abril 2008

Mi amor por ti

¿Cómo comenzar esta columna sin temor de hacer el ridículo? Fernando Pessoa dijo una vez que todas las cartas de amor son ridículas. ¿Y las columnas de amor? ¿Se puede escribir una columna de amor? No estás en ninguna pauta, no eres titular de los diarios por el puro hecho de existir, pero -aunque suene a cliché irredimible- eres para mí la noticia que siempre será noticia. Pensé eso cuando vi la fotografía de esa pareja a la que la lava del volcán en erupción sorprendió abrazados, en la Pompeya de hace miles de años. Abrazados, derrotaron al fuego y al olvido con un gesto que conmovió al arqueólogo, al fotógrafo y a todos los que vieron emerger desde el fondo de los tiempos y de las ruinas esta "PietÀ" del amor humano. ¿Qué los salvó? No los salvó la épica, ni la gloria, ni la fama. Los salvó el amor.

Siempre quise escribirte un poema de amor, pero no pude. Cada vez que lo empezaba, me parecía un pobre ejercicio de retórica que no decía nada de ti. Entonces preferí hacer míos los poemas de amor de Éluard a Nusch, los de Apollinaire a Lou y los de Miguel Hernández a su mujer. Esos poetas parecían haberte conocido, porque decían de ti lo que yo no podía decir.
Si todas las cartas de amor son ridículas, quiero que esta columna sea ridícula, porque si no, no sería de amor.

"Amor perdido y hallado,/ y otra vez la vida trunca./ Lo que siempre se ha buscado/ no ha debido hallarse nunca", dijo un Neruda muy joven. Pero, ¿de qué me habría servido perderte, si te busqué siempre, más allá del tiempo, para vivir juntos, aquí y ahora, esta aventura, con todos sus bemoles y sus grietas? Ésta es nuestra Eneida real, nuestra Odisea de todos los días. Nuestra guerra de Troya se da en los límites de nuestro hogar, cuando en los peores momentos somos capaces de decir, como lo dijo el héroe griego: "Eres el amor que florece".